03. Libertad

Me levanté de la cama y me llamó la atención que la puerta estuviera abierta de par en par. No había ninguna persona vigilando los corredores. Núria parecía no estar en su oficina y las secretarias brillaban por su ausencia. Caminé por el largo y angosto pasillo hasta el hall principal. Se sentía raro. No había nadie gritando. Ninguno se escapaba corriendo hasta la puerta mientras era perseguido por los benditos mastodontes de seguridad. Nadie recibía quejas en la mesa de entrada.

Caminé lentamente hacia la puerta. Muy lentamente. En realidad mi lentitud no se debía a ningún problema motriz, sino más bien a cierto temor que me producía el exceso de calma. Tomé el picaporte con mis manos y comencé a girarlo lentamente. Empujé muy despacio la puerta y, acompañándola con mi cuerpo, la abrí de par en par. El sol golpeó mi cara con todas sus fuerzas. Una leve brisa se deslizó por mis mejillas mientras el aroma del césped recién cortado llenaba mis pulmones e invadía mis fibras, mis células, cada poro de mi piel. Respiré hondo un par de veces para poder disfrutarlo todo. Caminé hasta el jardín lateral y pisé el pasto verde y húmedo que crujía debajo de mi como cantando melodías casi risueñas. Unas flores blancas y radiantes se mecían de un lado al otro al compas del leve movimiento del aire. Extendí mis manos a los costados y miré para arriba lo más que pude, respirando muy hondo, tanto como me permitían mis pulmones. Fue un segundo en el que me sentí realmente feliz. Y no era solo yo el que sonreía. Era mi cuerpo y mi alma. Es que tenía tanta alegría dentro de mí que era inevitable no manifestarla. Las sonrisas se me escapaban inconscientemente.

Caminé hasta la reja de salida. Era una enorme entrada, con una puerta de rejas que me hacia recordar mucho a las viejas mansiones que solían pasar en las series de televisión. Tome el picaporte con ambas manos y trate de hacer fuerza para abajo, para abrir la gran puerta. De pronto un estallido hizo que mis oídos comenzaran a zumbar. El pasto se fue oscureciendo progresivamente mientras el sol se nublaba rápidamente. Las flores, que en su momento encandilaban mis ojos con su blanco radiante, se fueron pintando de negro mientras sus hojas se secaban por dentro y por fuera. Comenzó a soplar un viento tan fuerte que hizo que fuera casi imposible mantenerme de pie. Todo se fue tornando borroso y oscuro, y los olores habían desaparecido completamente.

Abrí los ojos.

Y contemplé una vez más la triste realidad.

Que era sólo un sueño.