02. El viaje

Hoy se me apareció la señora de guardapolvo blanco... esa con gafas y con cara de intelectual. Yo estaba sentado en frente de mi pared blanca acolchonada, mirando, con la vista casi perdida, un punto en el infinito. Un punto en donde se cruzan dos costuras próximas a un botón acolchado que me recuerda mucho a un viejo sillón de la casa de mi abuela... Casi instintivamente mi cuerpo se balanceaba hacia adelante y hacia atrás de una manera tan sincrónica, que me hacían parecer uno de esos viejos relojes de balancín, que no sé si todavía existen...
Cuando de repente vi su rostro tan cerca mío que pude olerlo. Su perfume. Su piel. Los poros tapados por el abundante maquillaje. Hasta pude advertir cierta melancolía en su mirada... "¿estas bien?" me dijo y sin sacarme la vista de encima puso su mano en mi hombro... "hoy vamos a ir a visitar Barcelona".
La seguí, o mejor dicho me llevó, por el angosto corredor hasta un amplio salón donde había otros que estaban vestidos de igual manera que yo... Algunos hablaban solos. Otros miraban el piso mientras balbuceaban y gesticulaban metáforas insolentes que solo ellos entendían. Uno se había subido al primer escalón del autobús y se reía frenéticamente sin parar mientras gritaba "¡¡escapémonos!!" "¡¡ escapémonos!!" "¡¡titooo, manejá que yo los distraigo!!".
Un hombre bastante corpulento lo tomó de los hombros y lo bajó de un empujón. Ya calmado lo acomodaron en uno de los primeros asientos, de cara a la ventanilla… Se sonreía mientras tiraba su aliento hacia el vidrio frio del autobús, y escribía en el sector empañado “¡son todos unos putos!”.
Lo miré. Miré la inscripción y no pude más que devolverle la sonrisa. Me sonrió de oreja a oreja como si en ese preciso momento se hubiera ganado el aliado que necesitaba para generar su revolución. Pasé frente a él y me senté en uno de los asientos del medio, del lado del pasillo. Esperamos un cuarto de hora hasta que por fin la gente terminó de acomodarse en sus lugares y fue entonces cuando el chofer cerró la puerta, echó una mirada como queriendo hacer un recuento mental de los asientos y sus ocupantes, y finalmente puso primera y empezó a conducir el enorme y pesado autobús.

Es una bonita ciudad. Con sus calles y sus paseos. Sus plazas y sus monumentos. Y la gente. La interminable gente que camina sin parar, cada una sumida en su propio mundo. Y ahí es cuando advierto eso. Eso que a veces me llama la atención. Que estamos todos juntos y sin embargo no miramos al de al lado. No le prestamos atención a nada. Si una persona habla con otra, la que escucha en realidad no escucha (que es generalmente prestarle atención a lo que se oye) sino que escucha a medias. Escucha lo necesario como para poder soltar típicas respuestas ya armadas en nuestro subconsciente. Y, mientras, piensa en los quehaceres que debería realizar una vez que termine de “conversar” con su “interlocutor”. O peor aún; cada uno habla sobre su tema en particular, entonces lo que debería ser una conversación con intercambio de ideas, se convierte en unos simples monólogos en grupo, casi siempre sin sentido.
Es triste ver como en la era de la comunicación lo que menos se da es el intercambio fructífero de ideas.
Hay veces en las que practico un juego muy peculiar. Y es tratar de escuchar al otro con la totalidad de mi ser. Prestar atención a cada palabra. Cada gesto. Cada movimiento. Cada significado. Cada mirada. Un leve levantamiento de ceja. Un cambio repentino en alguna mirada…

Pensándolo bien… no me sorprende que hoy me hayan llevado a visitar esta ciudad con este singular grupo de gente que ocupa este autobús…

De vuelta a mi habitación volví a mirar la misma pared. Las mismas marcas y los mismos pliegues de mi muro acolchonado. La buena señora de gafas, llamémosla Núria, me acompañó hasta la puerta y sin dejar de sujetarme del hombro me dejo sentado en el lugar que, según ella, era mi favorito. Y ahí me quedé. Recordando lo lindo de visitar lugares que no conocía, o al menos creía recordar que no conocía…
Núria se me acercó al oído y me susurró unas palabras que apenas pude oír. “si Dios quiere para la semana que viene te cambiamos de “habitación”".