05. El cambio


Hoy vino un chico joven y bastante corpulento, también con guardapolvo blanco y pantalones del mismo color. Se paró frente a mí y me dijo con voz firme y segura “seguime” “hoy te vamos a cambiar de habitación”. Lo miré. Observé detenidamente su contextura física. Era alto, morocho, de un metro ochenta y cinco, y parecía que cuidaba muy bien de su cuerpo. Me lo imaginaba pasándose mas de tres o cuatro horas diarias encerrado en un gimnasio mirándose frente al espejo y ensayando poses de tipo ganador; mirando los cuerpos aceitados y abrillantados por el sudor de sus compañeros de gimnasio y preguntándose por dentro, él mismo, quién tenía el mejor cuerpo. Y la verdad es que no lo culpo. En una sociedad donde lo primero que se rescata de la gente es su apariencia física no me extraña que haya gente así. Es mas, la lógica te lleva a deducir que TIENE que existir gente así. Si, dirán por ahí que lo más importante es lo que llevamos en nuestro interior… ¡sí! ¡Es cierto! Lo de adentro es lo MÁS importante. Pero sabemos muy bien que si una chica se cruza conmigo, todo flaquito y desgarbado y con cara de nada; y se cruza al musculoso abrillantado este, sabemos muy bien a quién mirará primero… más allá de las personalidades de cada uno… A veces no es necesario una buena apariencia, pero sabemos muy bien que te abre las puertas para que después te conozcan y digan “¡que buen tipo! Sé de las frases armadas y faltas de compromiso y realidad. Que son soltadas para quedar bien cuando la realidad muchas veces te golpea tan fuerte que te tumba al suelo…

Bueno, en fin, la verdad es que no estaba como para decirle “¡No! ¡Yo me quedo acá!”. Así que no hice otra cosa más que seguirlo. Pasamos el largo pasillo, en dirección contraria al hall principal. Llegamos a una puerta y el joven introdujo una tarjeta en ella y la puerta se abrió. Continuamos caminando por otro pasillo, hasta que llegamos a un salón principal donde había gente sentada en unos sillones, algunos observaban la televisión mientras otro jugaban a los dados en unas mesas cerca de unas ventanas que daban a la calle. Me quedé parado, inmóvil, mirando como cada uno hacía con su tiempo lo que quería. Algunos hasta ni eran conscientes de que tenían tiempo. Bueno… ¿quién es realmente consciente de que se le va el tiempo? ...

El joven se detuvo y miró hacia atrás “¡dale, no te quedes ahí parado! ¡Seguime!”. Como si me hubieran despertado de un sueño lo miré, miré su cara de tener que hacer su trabajo porque no le quedaba otra, y comencé a caminar en dirección hacia él. Se dio vuelta y siguió caminando, esperando a que yo lo siga. Y lo seguí.

Finalmente llegamos a una puerta y el joven se detuvo. Ingresó nuevamente una tarjeta y la puerta se abrió. Entré. Y la puerta se cerró detrás de mí. Al darme vuelta pude advertir que el joven fortachón de guardapolvo blanco había desaparecido y, con él, el murmullo de la gente que corría por entre los pasillos.

Era un cuarto muy pequeño. En el extremo opuesto a la puerta se encontraba la cama. Sobre el costado derecho había una mesa y una silla, y sobre el lado izquierdo se encontraba una pequeña cajonera; de esas que te dejan guardar ropa para estar, pero no la suficiente para quedarte.

Y ahí me quedé. Parado, con ganas de sentarme, pero quieto e inmóvil. Como esperando a que algo o alguien me convenciera de sentarme y relajarme.

Bajé la cabeza. Por unos minutos que parecieron horas, o como unas horas que parecieron apenas unos minutos perdí la noción del tiempo. Me senté en el suelo e inevitablemente… miré la pared.

04. Preso

Extrañaré mis paredes, sus pliegues y color. Esa tranquilidad que me brinda para poder intentar darle un orden a mis ideas. Y es que a veces me canso de mí. De ser yo. Me canso de estar en este cuerpo que lo soporta todo. Frio, hambre, sueño, enfermedades, golpes… Estoy cansado de sentir en mi cabeza las voces de lo que debería hacer, de en dónde debería estar, con quién debería hacerlo. Me siento preso de mi mismo, intentando romper las cadenas que yo mismo me ato. Pero soy tan eficaz al construirlas que no soy capaz de quebrantarlas ni doblarlas ni tan siquiera sobrellevarlas. Y a veces me resisto a mi mismo. Y me creo pequeñas rebeliones en donde intento declarar mi independencia. Pero todo es inútil. Se que mañana despertaré y estaré aquí, firme al pie del cañón, intentando boicotearme. Y luchando conmigo mismo por ser lo que quisiera ser. Encerrado en esta prisión de carne y hueso. Y construyéndome día a día las cadenas que me ataré al día siguiente.

Cuando me abstraigo de mi mismo, me observo sentado mirando la pared blanca de mi habitación acolchonada, y busco desesperadamente la forma de no ver solo a un pobre tipo sentado en una habitación observando una pared blanca radiante y acolchonada…

Pero es inútil. Mañana despertaré. Y sólo veré a un pobre tipo sentado en el suelo, observando inútilmente esta pared blanca radiante y acolchonada…

03. Libertad

Me levanté de la cama y me llamó la atención que la puerta estuviera abierta de par en par. No había ninguna persona vigilando los corredores. Núria parecía no estar en su oficina y las secretarias brillaban por su ausencia. Caminé por el largo y angosto pasillo hasta el hall principal. Se sentía raro. No había nadie gritando. Ninguno se escapaba corriendo hasta la puerta mientras era perseguido por los benditos mastodontes de seguridad. Nadie recibía quejas en la mesa de entrada.

Caminé lentamente hacia la puerta. Muy lentamente. En realidad mi lentitud no se debía a ningún problema motriz, sino más bien a cierto temor que me producía el exceso de calma. Tomé el picaporte con mis manos y comencé a girarlo lentamente. Empujé muy despacio la puerta y, acompañándola con mi cuerpo, la abrí de par en par. El sol golpeó mi cara con todas sus fuerzas. Una leve brisa se deslizó por mis mejillas mientras el aroma del césped recién cortado llenaba mis pulmones e invadía mis fibras, mis células, cada poro de mi piel. Respiré hondo un par de veces para poder disfrutarlo todo. Caminé hasta el jardín lateral y pisé el pasto verde y húmedo que crujía debajo de mi como cantando melodías casi risueñas. Unas flores blancas y radiantes se mecían de un lado al otro al compas del leve movimiento del aire. Extendí mis manos a los costados y miré para arriba lo más que pude, respirando muy hondo, tanto como me permitían mis pulmones. Fue un segundo en el que me sentí realmente feliz. Y no era solo yo el que sonreía. Era mi cuerpo y mi alma. Es que tenía tanta alegría dentro de mí que era inevitable no manifestarla. Las sonrisas se me escapaban inconscientemente.

Caminé hasta la reja de salida. Era una enorme entrada, con una puerta de rejas que me hacia recordar mucho a las viejas mansiones que solían pasar en las series de televisión. Tome el picaporte con ambas manos y trate de hacer fuerza para abajo, para abrir la gran puerta. De pronto un estallido hizo que mis oídos comenzaran a zumbar. El pasto se fue oscureciendo progresivamente mientras el sol se nublaba rápidamente. Las flores, que en su momento encandilaban mis ojos con su blanco radiante, se fueron pintando de negro mientras sus hojas se secaban por dentro y por fuera. Comenzó a soplar un viento tan fuerte que hizo que fuera casi imposible mantenerme de pie. Todo se fue tornando borroso y oscuro, y los olores habían desaparecido completamente.

Abrí los ojos.

Y contemplé una vez más la triste realidad.

Que era sólo un sueño.

02. El viaje

Hoy se me apareció la señora de guardapolvo blanco... esa con gafas y con cara de intelectual. Yo estaba sentado en frente de mi pared blanca acolchonada, mirando, con la vista casi perdida, un punto en el infinito. Un punto en donde se cruzan dos costuras próximas a un botón acolchado que me recuerda mucho a un viejo sillón de la casa de mi abuela... Casi instintivamente mi cuerpo se balanceaba hacia adelante y hacia atrás de una manera tan sincrónica, que me hacían parecer uno de esos viejos relojes de balancín, que no sé si todavía existen...
Cuando de repente vi su rostro tan cerca mío que pude olerlo. Su perfume. Su piel. Los poros tapados por el abundante maquillaje. Hasta pude advertir cierta melancolía en su mirada... "¿estas bien?" me dijo y sin sacarme la vista de encima puso su mano en mi hombro... "hoy vamos a ir a visitar Barcelona".
La seguí, o mejor dicho me llevó, por el angosto corredor hasta un amplio salón donde había otros que estaban vestidos de igual manera que yo... Algunos hablaban solos. Otros miraban el piso mientras balbuceaban y gesticulaban metáforas insolentes que solo ellos entendían. Uno se había subido al primer escalón del autobús y se reía frenéticamente sin parar mientras gritaba "¡¡escapémonos!!" "¡¡ escapémonos!!" "¡¡titooo, manejá que yo los distraigo!!".
Un hombre bastante corpulento lo tomó de los hombros y lo bajó de un empujón. Ya calmado lo acomodaron en uno de los primeros asientos, de cara a la ventanilla… Se sonreía mientras tiraba su aliento hacia el vidrio frio del autobús, y escribía en el sector empañado “¡son todos unos putos!”.
Lo miré. Miré la inscripción y no pude más que devolverle la sonrisa. Me sonrió de oreja a oreja como si en ese preciso momento se hubiera ganado el aliado que necesitaba para generar su revolución. Pasé frente a él y me senté en uno de los asientos del medio, del lado del pasillo. Esperamos un cuarto de hora hasta que por fin la gente terminó de acomodarse en sus lugares y fue entonces cuando el chofer cerró la puerta, echó una mirada como queriendo hacer un recuento mental de los asientos y sus ocupantes, y finalmente puso primera y empezó a conducir el enorme y pesado autobús.

Es una bonita ciudad. Con sus calles y sus paseos. Sus plazas y sus monumentos. Y la gente. La interminable gente que camina sin parar, cada una sumida en su propio mundo. Y ahí es cuando advierto eso. Eso que a veces me llama la atención. Que estamos todos juntos y sin embargo no miramos al de al lado. No le prestamos atención a nada. Si una persona habla con otra, la que escucha en realidad no escucha (que es generalmente prestarle atención a lo que se oye) sino que escucha a medias. Escucha lo necesario como para poder soltar típicas respuestas ya armadas en nuestro subconsciente. Y, mientras, piensa en los quehaceres que debería realizar una vez que termine de “conversar” con su “interlocutor”. O peor aún; cada uno habla sobre su tema en particular, entonces lo que debería ser una conversación con intercambio de ideas, se convierte en unos simples monólogos en grupo, casi siempre sin sentido.
Es triste ver como en la era de la comunicación lo que menos se da es el intercambio fructífero de ideas.
Hay veces en las que practico un juego muy peculiar. Y es tratar de escuchar al otro con la totalidad de mi ser. Prestar atención a cada palabra. Cada gesto. Cada movimiento. Cada significado. Cada mirada. Un leve levantamiento de ceja. Un cambio repentino en alguna mirada…

Pensándolo bien… no me sorprende que hoy me hayan llevado a visitar esta ciudad con este singular grupo de gente que ocupa este autobús…

De vuelta a mi habitación volví a mirar la misma pared. Las mismas marcas y los mismos pliegues de mi muro acolchonado. La buena señora de gafas, llamémosla Núria, me acompañó hasta la puerta y sin dejar de sujetarme del hombro me dejo sentado en el lugar que, según ella, era mi favorito. Y ahí me quedé. Recordando lo lindo de visitar lugares que no conocía, o al menos creía recordar que no conocía…
Núria se me acercó al oído y me susurró unas palabras que apenas pude oír. “si Dios quiere para la semana que viene te cambiamos de “habitación”".

01. Boceto de un diario mal escrito

No sé como es que terminé aquí. Todo se mezcla. Las imágenes. Las ideas. Las palabras.
Miro para atrás y solo veo figuras borrosas y sin sentido. Torbellinos de ideas que se mezclan con imágenes vagas. Realidades que considero ciertas, pero que a veces dudo que existan realmente fuera de mi cabeza. Delante de mí solo tengo ésta pared desierta. Blanca. Podría decir que está corroída por el tiempo. Que sus grietas me recuerdan con felicidad a las arrugas de mi querida abuela. Que las manchas de humedad forman figuras de caballeros andantes que recorrían los caminos con la esperanza de matar algún dragón medio perdido y así ganar el amor eterno de alguna bella doncella.
Pero no… en lugar de eso me percato de la dura y triste realidad. De lo cruel que puede llegar a ser la existencia. Que es simplemente eso… una pared blanca, enteramente acolchonada. Nada más…

La memoria…

¿Cómo es que no recuerdo nada?
No sé si tendrá que ver con cuestiones del pasado que inconscientemente trato de olvidar. Como una especie de bloqueo psicológico que hace que todo lo vivido con anterioridad sea inevitablemente suprimido de la corteza cerebral. O simplemente no sea otra cosa más que mi eterna y desdichada falta de atención jugándome otra de sus malas pasadas...

No sé... lo que sí sé es que esta señora con guardapolvo blanco y gafas muy a la moda está demasiado empeñada en que me tome estas pastillitas azules que siempre me trae a la misma hora todos los días...
...aunque las pastillas amarillas me hacen muy mal al estómago...

Parece una buena mujer. Tiene muy buena paciencia. Aunque un tanto obstinada. Siempre se empeña en que haga las cosas como ella quiere, a su manera. Nunca deja que pruebe mis propios métodos para llegar a donde llega ella. Y no es que yo sea complicado, o que me meta en la cabeza la idea de hacer siempre las cosas de forma diferente. Es que me agobia el hecho de pensar que sólo hay UNA manera. Sentir que solamente existe UNA sola forma de hacer algo detona en mí una sensación de vacio realmente insoportable. Porque me hace pensar que si existe una sola manera, entonces no somos otra cosa mas que marionetas sin sentido representado obras guionadas y repetidas una y otra vez. Pero no solamente eso. Hay algo más profundo. O más aterrador. Y es que cuando veo que hay un solo modo, o cuando intuyo que una cosa solo se puede hacer de determinada forma y que no cabe otra alternativa más que la expuesta por esta buena señora, me asalta la idea de que nada de lo que hay se puede cambiar. Que para llegar a un resultado inevitablemente hay seguir los mismos pasos ya pre-establecidos. Y si en una sucesión de hechos te equivocas en un paso o dos; entonces, según este concepto, no llegas a donde deberías llegar. Simplemente porque no seguiste el método.

Y la parte aterradora es esta; saber que si estoy aquí, entonces no habrá forma alguna de poder cambiarlo…