Era un barrio tranquilo. En realidad era uno de los tantos barrios tranquilos donde todavía un niño podía hacer mandados a las nueve de la noche y realmente no pasaba nada. Uno podía dejar el auto estacionado en la calle y haberse olvidado de cerrarlo, y cuando ibas a subirte a la mañana siguiente lo encontrabas tal cual y como lo habías dejado.
Todos te conocían, sabían que eras el hijo de tal o cual. Los almaceneros nos recibían todos los días vendiéndonos sus productos y a veces hasta nos dejaban que le anotáramos en la cuenta de la abuela alguna que otra golosina. Sabían que era mentira. Que en ese momento la abuela no había autorizado ninguna compra. Pero también sabían que la abuela gustosa pagaría por las golosinas que, de forma desinteresada, “le regalaba” a sus nietos.
Las calles obviamente eran de tierra. Y siempre nos juntábamos en la misma calle a la misma hora con los pibes de la cuadra a jugar al futbol. Ya conocíamos las grietas del suelo provocadas por las lluvias y entonces armábamos nuestra “canchita” de futbol en el sector donde todavía el agua no había dejado surcos en la tierra. A veces nos juntábamos en la casa de la esquina, la de Josué, que tenía patio y podíamos pelotear con él y el padre, que de vez en cuando se sumaba a los partiditos que organizábamos entre los chicos.
En realidad no éramos muchos. Solíamos ser los mismos cuatro niños de siempre: Fernando, Josué, Walter (mi hermano), y yo… a veces venía Germán, que vivía justo en la otra esquina, pero no siempre se quedaba. Aunque era un integrante más de “la barra”. Cuando no jugábamos al futbol, nos dedicábamos a utilizar el terreno baldío de al lado de mi casa como campo de batalla, jugando a la guerra entre norteamericanos y alemanes. Estaban de moda la serie “combate” y “los especialistas”, así que nuestras influencias políticas se dejaban notar a través del odio (sin motivo, porque lo desconocíamos) hacia esos “sucios” alemanes. Así que obviamente nadie quería ser uno de ellos. Y siempre terminábamos llevándolo a sorteo a ver quien era quién. Teníamos nuestras mentes un tanto estructuradas, tal vez por culpa de la televisión, y nuestra idea era de que no debían ganar los alemanes, así que hacíamos todo el esfuerzo posible, incluso haciendo trampas, para que ellos no lograran triunfar.
Lo bueno de la inocencia es que no tiene maldad. A veces nos peleábamos o discutíamos, pero al rato ya éramos compinches de nuevo.
A veces me gustaría encontrar la esencia de lo que éramos. Saber que ese niño todavía sigue jugando a los soldaditos con armas de madera, con rifles de palo, intentando ser un superhéroe combatiendo contra el mal. Saber que uno puede “crecer” sin que ello implique “perder” ciertos valores esenciales que nos hacen especiales. ¡La esencia misma de uno! ¿Qué seria de mi si hubiera renunciado a jugar a los soldaditos? ¿Ser grande implica perder ese brillo especial que iluminaba nuestras miradas?
Si algún día se topan con un hombre con casco camuflado y una rama en las manos, simulando un arma, persiguiendo a la gente y haciendo ruidos con la boca como tirando tiros, no se asuste. Seguramente seré YO, intentando recobrar lo que algún día perdí, vendí o simplemente regalé…
Todos te conocían, sabían que eras el hijo de tal o cual. Los almaceneros nos recibían todos los días vendiéndonos sus productos y a veces hasta nos dejaban que le anotáramos en la cuenta de la abuela alguna que otra golosina. Sabían que era mentira. Que en ese momento la abuela no había autorizado ninguna compra. Pero también sabían que la abuela gustosa pagaría por las golosinas que, de forma desinteresada, “le regalaba” a sus nietos.
Las calles obviamente eran de tierra. Y siempre nos juntábamos en la misma calle a la misma hora con los pibes de la cuadra a jugar al futbol. Ya conocíamos las grietas del suelo provocadas por las lluvias y entonces armábamos nuestra “canchita” de futbol en el sector donde todavía el agua no había dejado surcos en la tierra. A veces nos juntábamos en la casa de la esquina, la de Josué, que tenía patio y podíamos pelotear con él y el padre, que de vez en cuando se sumaba a los partiditos que organizábamos entre los chicos.
En realidad no éramos muchos. Solíamos ser los mismos cuatro niños de siempre: Fernando, Josué, Walter (mi hermano), y yo… a veces venía Germán, que vivía justo en la otra esquina, pero no siempre se quedaba. Aunque era un integrante más de “la barra”. Cuando no jugábamos al futbol, nos dedicábamos a utilizar el terreno baldío de al lado de mi casa como campo de batalla, jugando a la guerra entre norteamericanos y alemanes. Estaban de moda la serie “combate” y “los especialistas”, así que nuestras influencias políticas se dejaban notar a través del odio (sin motivo, porque lo desconocíamos) hacia esos “sucios” alemanes. Así que obviamente nadie quería ser uno de ellos. Y siempre terminábamos llevándolo a sorteo a ver quien era quién. Teníamos nuestras mentes un tanto estructuradas, tal vez por culpa de la televisión, y nuestra idea era de que no debían ganar los alemanes, así que hacíamos todo el esfuerzo posible, incluso haciendo trampas, para que ellos no lograran triunfar.
Lo bueno de la inocencia es que no tiene maldad. A veces nos peleábamos o discutíamos, pero al rato ya éramos compinches de nuevo.
A veces me gustaría encontrar la esencia de lo que éramos. Saber que ese niño todavía sigue jugando a los soldaditos con armas de madera, con rifles de palo, intentando ser un superhéroe combatiendo contra el mal. Saber que uno puede “crecer” sin que ello implique “perder” ciertos valores esenciales que nos hacen especiales. ¡La esencia misma de uno! ¿Qué seria de mi si hubiera renunciado a jugar a los soldaditos? ¿Ser grande implica perder ese brillo especial que iluminaba nuestras miradas?
Si algún día se topan con un hombre con casco camuflado y una rama en las manos, simulando un arma, persiguiendo a la gente y haciendo ruidos con la boca como tirando tiros, no se asuste. Seguramente seré YO, intentando recobrar lo que algún día perdí, vendí o simplemente regalé…