09. Retórica

Su cabello era lacio y rubio, sus ojos marrones inspiraban tranquilidad. Usaba gafas para leer que le sentaban muy bien. Su piel se veía muy bien cuidada, como si por las noches se pusiera mascaras protectoras y cremas para hidratar su piel. Su nariz poseía una pequeña imperfección en el tabique que la hacia realmente especial. Yo creo que sin eso, ella seria como cualquier otra persona común y corriente, pero justamente “esa” imperfección era la que la hacía distinguirse de cualquier otro ser, y no solamente eso, sino que la hacía parecer realmente muy sexy.
Se sentó y me miró. Sus ojos eran como dos observatorios astronómicos que invadían el espacio exterior en busca del secreto del universo. Aunque en realidad ella perseguía un destino un poco menos sublime del que yo imaginaba. Simplemente hurgar en mi memoria…

- Bueno, comenzaremos desde el principio… o mejor dicho, desde donde mejor recuerde… Por ejemplo, podríamos empezar hablando de su infancia. ¿Que recuerda de ella?

- No sé…

- ¿No sabe o no quiere saber?

- Me da igual…

- Así podemos estar horas y horas y no vamos a llegar a ningún lado…

- No quiero llegar a ninguna parte.

- ¿O sea que así, tal cual como está ahora, está bien y no necesita nada más? ¿Éste es el mejor momento de su vida?

- No sé si es el mejor momento, pero es lo que me toca y lo acepto.

- ¿Lo acepta o lo soporta?

- Sé cuál es la diferencia. Pero me da igual. Usted viene con sus libros y sus gafas de intelectual a ver al pobre paciente enfermo del cerebro. Y cuando salga de aquí irá a ver a otro paciente igualmente enfermo (o peor) y le hará las mismas preguntas que a mi… y yo seré solamente otro numero más en su hermoso expediente encuadernado. Y para cuando regrese nuevamente, tendrá que mirar en sus prolijas anotaciones para recordar por dónde íbamos, y qué es lo que había dicho. Y peor aún, fijarse a ver quién era yo. Y no quiero sentirme como una rata de laboratorio, o como un monito encerrado en su jaula que espera impaciente a que su amo le traiga la comida y le pregunte si está bien…

- Bueno… a ver… ni es un monito encerrado en su jaula, ni es un número en mi “hermoso” expediente… Usted es una persona. Y le voy a tratar como tal. Y no voy a salir de aquí y me voy a olvidar de las cosas que me dijo. Ni me voy a olvidar de usted… Es cierto que hago anotaciones. Pero son para poder seguir un hilo en nuestras charlas, para encontrar huecos en los que buscar… ¿no quiere que las cosas cambien?

- En realidad lo que yo quiero no es muy relevante. En mis circunstancias tengo poco por elegir, o más bien nada… simplemente tomo sus medicamentos y me limito a escribirle un diario como usted me lo pidió. ¿Qué más quiere que haga?

- Esto no se trata de ver lo que yo quiero que usted haga. Se trata de encontrar un camino entre los dos. De ver realmente qué es lo que usted necesita encontrar…

- ¡¡Palabras!! ¡¡Estoy cansado de escuchar palabras huecas y sin sentido!! ¿¡Se supone que aquí todos saben lo que necesitan y quieren!? ¿¡Desde el empleado fortachón que me acompañó a mi habitación hasta la mujer que limpia!? ¿¡E inclusive usted!? ¡¡Sentada allí preguntándome qué fue de mi infancia!! ¡¡Seguramente como tiene tan claro las cosas que busca, necesita seguir buscando en los demás!! Yo sé muy bien como es esto. A cada palabra que yo diga, a cada interrogante que yo tenga, usted me responderá “pero que piensa usted…” “usted qué haría…” ¡¡¡¿Encontrar un camino entre los dos?!!! ¡¡¡Pero por favor!!!

- Estoy aquí para ayudarle, no para discutir. Podemos sentarnos a practicar la retórica que tan bien le sienta, o simplemente podemos charlar y ver que podemos encontrar entre los dos, algo, alguna pista, o lo que sea que nos ayude a ver por qué no recuerda ciertos sucesos de su vida… y creo que una vez que los recuerde las cosas seguro cambiaran…

- ¿Por qué se empeña en que las cosas cambien?

- Primero, porque todo cambio es bueno. A medida que caminamos en nuestro paso por la vida es mejor dejar atrás lo que no nos sirve, lo que nos retrasa, superar cuestiones que de una u otra forma se convierten en una carga que a veces se torna realmente insostenible de llevar sobre nuestros hombros. Y segundo porque dentro suyo tiene una vocecita que le pide a gritos romper el candado de la jaula que usted mismo se fabricó…

- ¿Y usted qué sabe?

- No sé nada. Pero quiero empezar a saber… Quiero empezar a entender…

Nos quedamos en silencio. Cada uno mirando al otro directamente a los ojos. Fueron unos minutos que parecieron horas, o tal vez días. Suspiré. Pensé. Me quedé por esos minutos en silencio simplemente con la esperanza de encontrar algo dentro de mí que me dijera qué es lo que debía hacer, o decir. No sé. Había algo en su mirada que me inspiraba confianza.
Finalmente bajé la mirada y pronuncié, tímidamente, dos palabras.

- Podríamos probar…

Ella simplemente se quitó las gafas y se limitó a regalarme una de las mejores sonrisas que me han dado en mucho tiempo