06 . Ataque

Abrí los ojos y respire profundamente. Estaba agitado, todo empapado de sudor. Las manos me temblaban. El corazón me latía tan deprisa que parecía que se me iba a salir del pecho. Las imágenes poco a poco comenzaron a tomar forma. Dejaron de ser siluetas o simples manchones borrosos. Consternado, confundido, miré a mí alrededor. La habitación estaba toda revuelta. La mesa de madera estaba hecha añicos y desparramada por todos lados. Una de sus patas la tenia en mis manos, empuñada tan fuertemente que hasta me dolía la mano. La cama era un desastre, estaba dada vuelta, con las patas hacia arriba; el colchón estaba en el extremo opuesto; la escasa ropa estaba toda destrozada y tirada por el piso; había plumas de la almohada que no dejaban de volar por el aire viciado y confuso de la triste habitación.
El joven se me apareció por sorpresa. Digo sorpresa porque hasta ese momento no me había percatado de su presencia. Susurró, o gritó, unas palabras que no pude entender. Vi como sus labios se movían sin sonido, como si se tratase de una de esas viejas películas mudas. Me empujó y me tomo del brazo derecho y lo llevó hasta mi espalda, queriendo hacerme tocar mis propios omóplatos con las puntas de mis dedos. Sentí dolor. Mucho dolor. Me quedé tumbado en el piso, boca abajo, mientras otras personas entraban rápidamente a la habitación y ayudaban al joven a sostenerme fuertemente en el suelo.
Miré hacia la puerta y pude advertir como una señora que estaba en pasillo me miraba con la cara totalmente espantada, como si hubiera visto un monstruo… o un fantasma…
Sentí un pinchazo y un líquido caliente comenzó a invadir mis venas, mi sangre, de una manera tan dolorosamente insoportable que grité. Poco a poco las cosas se fueron desvaneciendo. Las imágenes. Las siluetas. Las formas. Todo se volvió oscuro.
Y me sentí relajado. Tranquilo. Como flotando en una nube que viaja por el aire sin rumbo fijo.

Cuando desperté las cosas estaban todas en su sitio. La mesa tenía sus patas y estaba en su lugar. El mueble de la ropa se encontraba de la misma manera en la que lo vi por primera vez al entrar a la habitación. El piso estaba completamente limpio y hasta se podía percibir un cierto aroma fresco, como si estuviese en un campo de flores de lavanda. Fue un sueño, pensé. Un estúpido sueño de esos que me hacen pasar un mal momento. Me incorporé y al sentarme en la cama sentí una pequeña molestia en el brazo que me hizo doler. Al mirar me di cuenta de que efectivamente tenia la leve marca de una aguja en mi brazo izquierdo, y que todavía podía sentir los vestigios de dolor de aquel molesto pinchazo. Me sentí mareado y confundido. Intentaba juntar aquellos pedacitos de recuerdos en mi memoria para poder darle forma a este incomprensible rompecabezas sin sentido. Pero era inútil. Me acosté en la cama y cerré los ojos. Y me volví a dormir.