08. El diario

Llevo 10 minutos sentado en esta silla tratando de escribir algo. Y la página frente a mis ojos continúa vacía. Anotá todo lo que puedas, todo lo que recuerdes, me dijo Núria. Desde ahora vas a empezar a tener un diario personal y vas a escribir todo en él. Todo.

¡No sé qué es lo que quiere que anote! ¡Si vivo encerrado en estas cuatro paredes! Podría pasarme horas describiendo esta página en blanco, el relieve de las hojas de papel, su textura, los renglones impresos… ¿de que serviría? Si mañana me levantaré y nuevamente estaré encerrado en esta habitación, sentado en esta misma silla intentando llenar las páginas de este cuaderno que siempre estará en blanco. No vivo cosas para poder escribirlas.

Mis recuerdos. Sí. Que anote mis recuerdos. Lo recalcó una y mil veces. Pero es que no recuerdo. Y las imágenes borrosas que veo no sé si son sueños, si realmente pasaron o son fantasías que me creo para poder sobrellevar mis días de cautiverio.

¡Que anote todo! Ja Ja! ¡Seguro que si me dan ganas de ir al baño también tengo que anotar eso! Y describir como salen de mi cuerpo los líquidos que ingiero en el transcurso del día. O aun peor…

Tal vez ayude en algo, me dijo…

Si…

Tal vez ayude en algo…

Bueno, entonces escribiré todo. Mis angustias. Mis temores. Mis sueños. Mis fantasías y realidades. Esas que a veces se confunden y se mezclan unas con otras.

Es que me siento dando vueltas en círculos. Las ideas se me amontonan unas con otras en mi cabeza intentando encontrar respuestas que nunca consigo. Este hacinamiento mental no me deja ver con claridad nada de lo que observo y vivo, porque me envicio en mis pensamientos y termino no llegando a ninguna parte. Siempre pienso en el después… nunca en el ahora…

¿Cómo dejo de pensar en las que cosas que me preocupan? ¿Cómo hago que dejen de preocuparme las cosas? Una pregunta me lleva a otra y una duda a la siguiente. Y la inseguridad se apodera de mí y me toma de los talones, me tira al suelo y juega conmigo como si fuera su marioneta de trapo.

Ahora mismo comienzo a dar vueltas en este torbellino de ideas, tratando de encontrar algo que haga que esta tormenta se termine…

…pero esto nunca se acaba…

07. Ella

Veo su rostro tan perfectamente nítido que hasta puedo olerlo. Me acerco a ella y la tomo por la cintura. Me sonríe y me besa en los labios. Me muerde. Siento su aliento mezclarse con el mío. Chocamos nuestras narices y me aprieta la cintura mientras suelta unas palabras que apenas puedo entender. Le beso el cuello y le hago cosquillas. Le mordisqueo. Suelta una carcajada y me abraza. Se siente tan cálido que desearía congelar el tiempo en este preciso instante. Tomar esta fracción de segundo y hacerla perdurar en el tiempo. La tomo de las mejillas. Y por un segundo, que parece una eternidad, la miro a los ojos. Y veo una vida llena de felicidad y alegría. Me veo llegando a casa después del trabajo y ella recibiéndome como siempre lo hace, tan amorosamente encantadora. Y veo a nuestros hijos, que vendrán con el tiempo, y con ellos las obligaciones propias de los que tienen la responsabilidad de mantener y sustentar el hogar. Y esos viajes que planearemos para conocer poco a poco las delicias del mundo y sus lugares. Veo flashes e imágenes que por un segundo me llenan de alegría, o de ilusión.
Pero de pronto todo se desvanece. Ella grita, dice cosas incoherentes y hace ademanes con las manos. Gesticula frases sin sentido, al menos para mí. Su rostro es un mar de lágrimas, una tormenta de penas. Veo todo borroso. Me siento mareado. Miro a mí alrededor y los muebles del lugar están desparramados y hechos un asco, todo roto y tirado por el suelo. Y ella. Ella que grita y llora, y la veo arrodillada en el piso tomándose la cabeza con las manos. Y caigo en la cuenta de que mis manos están húmedas. Pegajosas. Y lo que siento no es sudor. Y lentamente las levanto y las pongo frente a mi vista.
Y es ahí cuando las miro tratando de entender qué es lo que pasa.
Y no entiendo porqué están todas cubiertas de sangre.

…y siempre es el mismo sueño…

06 . Ataque

Abrí los ojos y respire profundamente. Estaba agitado, todo empapado de sudor. Las manos me temblaban. El corazón me latía tan deprisa que parecía que se me iba a salir del pecho. Las imágenes poco a poco comenzaron a tomar forma. Dejaron de ser siluetas o simples manchones borrosos. Consternado, confundido, miré a mí alrededor. La habitación estaba toda revuelta. La mesa de madera estaba hecha añicos y desparramada por todos lados. Una de sus patas la tenia en mis manos, empuñada tan fuertemente que hasta me dolía la mano. La cama era un desastre, estaba dada vuelta, con las patas hacia arriba; el colchón estaba en el extremo opuesto; la escasa ropa estaba toda destrozada y tirada por el piso; había plumas de la almohada que no dejaban de volar por el aire viciado y confuso de la triste habitación.
El joven se me apareció por sorpresa. Digo sorpresa porque hasta ese momento no me había percatado de su presencia. Susurró, o gritó, unas palabras que no pude entender. Vi como sus labios se movían sin sonido, como si se tratase de una de esas viejas películas mudas. Me empujó y me tomo del brazo derecho y lo llevó hasta mi espalda, queriendo hacerme tocar mis propios omóplatos con las puntas de mis dedos. Sentí dolor. Mucho dolor. Me quedé tumbado en el piso, boca abajo, mientras otras personas entraban rápidamente a la habitación y ayudaban al joven a sostenerme fuertemente en el suelo.
Miré hacia la puerta y pude advertir como una señora que estaba en pasillo me miraba con la cara totalmente espantada, como si hubiera visto un monstruo… o un fantasma…
Sentí un pinchazo y un líquido caliente comenzó a invadir mis venas, mi sangre, de una manera tan dolorosamente insoportable que grité. Poco a poco las cosas se fueron desvaneciendo. Las imágenes. Las siluetas. Las formas. Todo se volvió oscuro.
Y me sentí relajado. Tranquilo. Como flotando en una nube que viaja por el aire sin rumbo fijo.

Cuando desperté las cosas estaban todas en su sitio. La mesa tenía sus patas y estaba en su lugar. El mueble de la ropa se encontraba de la misma manera en la que lo vi por primera vez al entrar a la habitación. El piso estaba completamente limpio y hasta se podía percibir un cierto aroma fresco, como si estuviese en un campo de flores de lavanda. Fue un sueño, pensé. Un estúpido sueño de esos que me hacen pasar un mal momento. Me incorporé y al sentarme en la cama sentí una pequeña molestia en el brazo que me hizo doler. Al mirar me di cuenta de que efectivamente tenia la leve marca de una aguja en mi brazo izquierdo, y que todavía podía sentir los vestigios de dolor de aquel molesto pinchazo. Me sentí mareado y confundido. Intentaba juntar aquellos pedacitos de recuerdos en mi memoria para poder darle forma a este incomprensible rompecabezas sin sentido. Pero era inútil. Me acosté en la cama y cerré los ojos. Y me volví a dormir.