17. Muros

Me miró con ojos inquisidores.

- ¿Cuánto hace que no hablamos?

- No sé… Hace tiempo ya…

Respondí apartando mi vista. Centrando la mirada en el frío suelo de granito blanco crudo.

Me puse incómodo. Como si estuviera desnudo en medio de una habitación repleta de personas observándome en cada detalle, en cada gesto, en cada movimiento.

Oculté cada reacción lo mejor que pude. Tanto así que ella me miraba con cierto aire de incertidumbre mezclada con desesperación. Notaba que no era capaz de darse cuenta cuál era mi estado. Si me encontraba triste, desesperado, deprimido.

Siempre me las arreglé para mostrar las emociones justas, casi siempre controladas. Y no es que sea un robot, o tenga el cerebro lavado. Y tampoco es que lo desee o lo haga de manera consciente o premeditada. Es que siempre, de niño, tuve miedo de demostrar lo que sentía por miedo a ser rechazado.

Por miedo a que se rieran de mí fui generando sin querer un escudo protector. Una coraza que me protegiera de las miradas y opiniones de los demás. Había descubierto sin querer que si no demostraba algo, entonces los demás no tenían nada que decir acerca de mí.

Todos los descubrimientos, todos los inventos, llevados a un extremo provocan resultados negativos. “Todos los extremos son malos” decía mi abuela. Y no se equivocaba.

Nuria volvió a hablarme. Su voz me trajo del pasado, desde la puerta misma de la casa de mi abuela, donde me hablaba de la vida y me daba consejos.

No dejaba de mirarme.

- ¿Qué pasa?

- Nada…

- ¿No querés que hablemos?

- ¿De qué?

- No sé. De lo que quieras…

- ¿Para qué?

Esbozó una leve sonrisa. Demasiado sutil para encasillarla en la categoría de “sonrisa”. Se quitó los anteojos, los dejó caer delicadamente sobre su cuaderno de anotaciones y me habló en un tono tranquilo, maternal.

- Bueno… sabés que tenemos que cumplir un horario, así que ya sabés cómo es esto.

- Sip… nos quedaremos sentados acá mirándonos las caras hasta que llegue la hora de irme a mi habitación…

Dejó de mirarme.

Nos quedamos en silencio.

Ella haciendo garabatos en una hoja de papel. Haciendo que escribía cosas importantes sobre gente que creía conocer.

Yo mirando las grietas de la pared. Grietas que en realidad no existían. Que eran un invento en mi cabeza. Consecuencia de un simulacro de terremoto que me ayudara a barrer con todas esas paredes.
Me quedé esperando impaciente, con los ojos cerrados, a que un fuerte viento anunciara el fin de la caída de todos esos muros que yo mismo me había construído. Y que por fin me quedara solo, en medio de la nada, con el viento golpeando en mi cara.

Completamente libre.

Completamente libre de mí mismo…


Se hizo la hora. Y el viento nunca llegó.

16. Sin decir adiós

Algunas veces me tocó despedirme. Otras me tocó estar en el preludio de alguna despedida, intentando alargar los momentos definitivos.

Cierro los ojos y las imágenes se confunden unas con otras. Me llegan pequeños fragmentos, visiones borrosas de algunos intentos  de culminar con palabras, o gestos o miradas, los momentos decisivos de lo que sería el comienzo de alguna ausencia prolongada.

Nunca fui bueno para eso.

Nunca me gustó decir adiós.

Siempre fui partidario del “hasta luego”. Uno nunca sabe las vueltas de la vida. Uno nunca sabe con quién se va a volver a encontrar.

Pero eso no quita que sea un ignorante en cuestiones de despedidas.

A veces quisiera tener a todos los que quiero siempre conmigo.

Pero sé que no se puede. Y me jode saberlo. Y me jode ser consciente de todo y entender que no se puede ir por la vida reteniendo a quien uno ama. Que de eso se trata justamente el amor. De libertad. De confianza.

Pero me jode.

Quisiera poder volver a escribirte todas aquellas palabras que te escribí. Quisiera poder volver a decirte todo aquello que ya te dije. Pero sería más de lo mismo. Y seguramente te debe resultar cansador escuchar siempre la misma canción.

No me sale decirte adiós.

Pero tampoco me sale decirte “hasta luego”.

Me aferro vacío de esperanzas a un puñado de sueños que siempre son los mismos sueños. Escarbo en mi memoria tratando de juntar los pedacitos de recuerdos que forman parte de nuestra historia. Intento armar ese puzle en mi cabeza cuidando de no perder ninguna pieza: esa noche cuando tu sonrisa iluminó aquel salón tan oscuro rodeado de gente. Los besos a escondidas. Las tardes felices en las que nos regalábamos el uno al otro. “Nuestra casita”. Las peleas. Las reconciliaciones. Las risas. Las lágrimas. ¡¡Tantas cosas!!...

Y el adiós.

Este adiós que no quiero pronunciar y que trato de no enfrentar. Que dejo de lado y hago como si no existiera. Interpretando tal vez el triste papel de un pobre avestruz. Un animal que esconde su cabeza, su vida, sus sentimientos, para no enfrentar lo inevitable.

A veces quisiera no ser este que escribe.

No ser este que siente hasta que duele.

A veces quisiera ser ese que entiende y acepta y deja pasar y se conforma con lo que va viniendo, aceptando las cosas de manera racional.

Pero no puedo.

Será que también soy un ignorante en estas cuestiones...