12. Melancolía


La extraño.
Recuerdo el último día que se fue sin decir adiós.
Fue una noche triste de julio. Sonó el teléfono en una de esas madrugadas frías de invierno. Creo que todos lo intuíamos, pero igualmente nadie decía nada. Dejábamos pasar el tiempo, esperando que en algún momento todo terminara bien, y nos dijeran que las cosas ya volvían a estar en su lugar.
Del otro lado de la línea telefónica resonaron unas palabras que fueron como cuchillos clavados en el pecho. En un segundo se te puede helar la sangre y paralizar el corazón. En un segundo se te puede venir el mundo encima.
Llegamos al hospital. Los pasillos estaban vacíos y en silencio. Recuerdo un grupo de gente enfrente de una puerta. Nadie decía nada. Creo que en ese momento las miradas dijeron mucho más que millones de palabras.
Entré en la habitación. Ella estaba en la cama, boca arriba.
El sufrimiento. Los dolores. Las pastillas. La quimioterapia. Ya se habían ido. Ya todo se había terminado. Solo quedaban los restos de alguien que había sido lo más maravilloso del mundo.
A veces tengo miedo. Miedo de olvidarla. De olvidar su rostro. Sus ojos. Y hago fuerza y sólo salen débiles imágenes que no sé si son reales.
El día del entierro no recuerdo si estaba nublado, o si llovía, había viento o estaba soleado. Sólo recuerdo el dolor calándome los huesos y cada fibra de mi ser. Nebulosas de gente. Y nada más.

De pequeño me sentaba en la vereda para esperarla a que llegara de trabajar. Recuerdo su imagen acercándose a mí. Su hermosa sonrisa en los labios. Sus ojos azules mirándome. Sus brazos extendidos. Yo corriendo hacia ella. Ella que me alza en sus brazos…

Si tuviera que vivir mi vida otra vez sabiendo que ocurriría todo esto nuevamente, sabiendo que otra vez el dolor volvería a tocar a mi puerta, lo haría. Porque sé que en el balance de los días y los momentos vividos, el saldo siempre será positivo.
De todas maneras hay días en los que no puedo evitar esta irrefrenable melancolía que circula por mis venas.
Podrán decir que el tiempo lo cura todo. Que las cosas con el paso de los años se aceptan. Que los duelos se terminan…

… pero nada de eso hace que deje de extrañarla…

11. Caminos

-Hoy no quiero hablar.
-¿Por qué?
-No tengo ganas… Será que estoy triste…
-¿Se puede saber por qué?
-¿Desde cuando importa el por qué de una tristeza? Uno se siente triste y punto. Saber la causa no me va a liberar de ella. Reconocer algo en mi interior y aceptarlo tampoco va a hacer que deje de sentirme como ahora. Creo que a nuestros estados de ánimo no les hacen mucha gracia que los estemos ocultando. Así que simplemente me limito a estar triste. A hacerme cargo de mi tristeza. En estos momentos soy parte de ella. Y por más que hable no voy a dejar de sentirme triste.
-Se me había ocurrido que tal vez hablar de ello te haría sacar afuera algo de esa tristeza que llevás adentro. Es como cuando tirás una gota de ácido en el agua. El ácido ya deja de ser tan corrosivo, ya deja de quemar tanto, ya deja de hacer tanto daño…

Resoplé. Miré el suelo. Me incorporé. Llevé la cabeza entre mis rodillas, con mis manos tomándome la frente, como si en ese preciso instante tuviera la única oportunidad de mi vida de juntar todas mis ideas y pensamientos y poder arrojarlos muy lejos de mí.

-Es que a veces me siento vacío. Incompleto. Como caminando solo a la deriva sin un rumbo fijo, sin una dirección.
-¿Nunca te planteaste la idea de que no tenés la obligación de tomar una dirección? Quiero decir, que todo el mundo habla de llegar a las metas. De llegar a algún lugar. ¿Pero no te parece que también puede llegar a ser provechoso y enriquecedor la experiencia de disfrutar del camino que tomes, independientemente del lugar a donde quieras llegar? Para encontrar un camino tal vez haya que perderse.
Para encontrar tal vez no tengas que hacer otra cosa más que dejar de buscar…
-De todas maneras no te da la tranquilidad de saber que vas a encontrar algo. Ni qué decir de algo “bueno”. Solo te da incertidumbre. Como si caminaras ciego por un campo en el cual creés que en algún momento van a aparecer clavos en el suelo. Pero no sabés cuando. Y andás descalzo.
Y tal vez pase el tiempo creyendo que en algún momento va a pasar alguna cosa que va a cambiar tu vida. Y entonces inconscientemente apostás a eso. A esa pseudo-esperanza. A ese gran esperado cambio. Y así se te pueden pasar uno, dos, cinco, diez años. Siempre esperando ese algo bueno. Esa bocanada de aire fresco que necesitás para sentirte vivo. Y cuando llega un momento en tu vida en donde verdaderamente te sentís perdido, viene una doctora y te dice que tal vez lo mejor que te pueda pasar es estar así. Solo. Perdido. Sin nada qué buscar. Que hay que dejar de buscar. Y te dice frases que parecen sacadas de las galletitas de la suerte…

No me pude contener y solté una carcajada. Ella me miraba seriamente, como si no hubiera pronunciado risa alguna. Acercó su rostro al mío, y me miró muy directamente a los ojos.

-No me entendés. No quiero decir que lo mejor que te puede pasar es estar perdido. Sino tratar de sacar la idea de tu cabeza de que siempre tenés que estar yendo hacia una dirección. Dejar de presionarte. Sabemos muy bien que de chiquito te inculcan la idea de que tenés que ser un buen chico, que tenés que estudiar, elegir una carrera, casarte y después tener hijos, y comprarte un coche, una casa y un perro. Y si te queda tiempo, ser feliz.
Pero dentro tuyo sabés muy bien, o intuís, de que hay algo más que un auto, una casa o un perro. Y podés estar toda tu vida intentando tener el mejor auto, la mejor casa, el mejor perro. Pero en un momento, si tenés suerte, te podes llegar a dar cuenta de que ya conseguiste tener todas esas cosas. Que las vas cambiando, unas por otras mejores, pero que en realidad siguen siendo los mismos objetos materiales de siempre.
Y sin embargo algo dentro tuyo te hace sentir vacío de nuevo. Y entonces te preguntás:” ¿qué me falta?” “si dediqué toda mi vida a conseguir lo que “necesitaba””. Y ahí, si tenés suerte de nuevo, puede llegar a resonar una campana dentro tuyo que te advierta de algo. Que buscaste y peleaste toda tu vida por cosas que creías necesitar, pero que realmente tu verdadera esencia necesitaba que buscaras otras cosas. Algo más profundo. Que buscaras en tu interior. Algo menos superficial.
Claro que lo superficial genera riquezas a los que manejan las economías. Las cosas en tu interior solamente te generan riquezas a vos.
Nuestros valores están cambiados. Pero están cambiados desde pequeños. Porque nuestros padres nos enseñan así. Pero ellos no tienen la culpa, porque también sus padres les enseñaron así. Porque venimos de una educación “preparada” para hacer de nosotros pequeños autómatas humanos que realizan su trabajo eficientemente sin detenerse a pensar en nada. Porque desde los comienzos de la historia del hombre en sociedad los que manejaron -y manejan- la economía también se encargaron de la educación. La población siempre sustenta a unos pocos, a cambio de que los manejen.
La mayoría siempre te lleva a pensar que lo que hacen todos es lo correcto. Pero nadie sabe si lo que hacen todos es realmente lo correcto. Porque nadie sabe nada fuera de lo que ellos piensan que es lo correcto.
Si perdés de vista el camino que la gran mayoría te enseñó o te señaló que sigas, tal vez descubras que pueden llegar a haber otros caminos por los cuales transitar.

-Terminamos hablando de política y no me di cuenta…
-Todo está más relacionado de lo que te imaginás. Millones de preocupaciones nacen de nuestra complicada estructura mental. Y nuestra estructura mental está basada en nuestra educación. Y nuestra educación está proporcionada por sistemas políticos inteligentes que intentan manejar lo mejor posible a toda la población. Nuestra concepción es que les pagamos para que hablen por nosotros, nos dirijan, nos administren y nos protejan. Pero… ¿lo hacen realmente?

¿Cómo harías (por darte solo un ejemplo) si estuvieras a cargo de una nación y tuvieras que hacer que un millón de personas se levanten todos los días a la mañana y vayan a trabajar?

Me quedé en silencio.

A veces lo que duele no es estar dormido.

…a veces lo que más duele es comenzar a abrir los ojos…

10. El Barrio

Era un barrio tranquilo. En realidad era uno de los tantos barrios tranquilos donde todavía un niño podía hacer mandados a las nueve de la noche y realmente no pasaba nada. Uno podía dejar el auto estacionado en la calle y haberse olvidado de cerrarlo, y cuando ibas a subirte a la mañana siguiente lo encontrabas tal cual y como lo habías dejado.
Todos te conocían, sabían que eras el hijo de tal o cual. Los almaceneros nos recibían todos los días vendiéndonos sus productos y a veces hasta nos dejaban que le anotáramos en la cuenta de la abuela alguna que otra golosina. Sabían que era mentira. Que en ese momento la abuela no había autorizado ninguna compra. Pero también sabían que la abuela gustosa pagaría por las golosinas que, de forma desinteresada, “le regalaba” a sus nietos.
Las calles obviamente eran de tierra. Y siempre nos juntábamos en la misma calle a la misma hora con los pibes de la cuadra a jugar al futbol. Ya conocíamos las grietas del suelo provocadas por las lluvias y entonces armábamos nuestra “canchita” de futbol en el sector donde todavía el agua no había dejado surcos en la tierra. A veces nos juntábamos en la casa de la esquina, la de Josué, que tenía patio y podíamos pelotear con él y el padre, que de vez en cuando se sumaba a los partiditos que organizábamos entre los chicos.
En realidad no éramos muchos. Solíamos ser los mismos cuatro niños de siempre: Fernando, Josué, Walter (mi hermano), y yo… a veces venía Germán, que vivía justo en la otra esquina, pero no siempre se quedaba. Aunque era un integrante más de “la barra”. Cuando no jugábamos al futbol, nos dedicábamos a utilizar el terreno baldío de al lado de mi casa como campo de batalla, jugando a la guerra entre norteamericanos y alemanes. Estaban de moda la serie “combate” y “los especialistas”, así que nuestras influencias políticas se dejaban notar a través del odio (sin motivo, porque lo desconocíamos) hacia esos “sucios” alemanes. Así que obviamente nadie quería ser uno de ellos. Y siempre terminábamos llevándolo a sorteo a ver quien era quién. Teníamos nuestras mentes un tanto estructuradas, tal vez por culpa de la televisión, y nuestra idea era de que no debían ganar los alemanes, así que hacíamos todo el esfuerzo posible, incluso haciendo trampas, para que ellos no lograran triunfar.
Lo bueno de la inocencia es que no tiene maldad. A veces nos peleábamos o discutíamos, pero al rato ya éramos compinches de nuevo.
A veces me gustaría encontrar la esencia de lo que éramos. Saber que ese niño todavía sigue jugando a los soldaditos con armas de madera, con rifles de palo, intentando ser un superhéroe combatiendo contra el mal. Saber que uno puede “crecer” sin que ello implique “perder” ciertos valores esenciales que nos hacen especiales. ¡La esencia misma de uno! ¿Qué seria de mi si hubiera renunciado a jugar a los soldaditos? ¿Ser grande implica perder ese brillo especial que iluminaba nuestras miradas?
Si algún día se topan con un hombre con casco camuflado y una rama en las manos, simulando un arma, persiguiendo a la gente y haciendo ruidos con la boca como tirando tiros, no se asuste. Seguramente seré YO, intentando recobrar lo que algún día perdí, vendí o simplemente regalé…